CRÓNICASºº Nora trae su infancia en el conventillo, 9 años.

NORA TIENE UNA HISTORIA. Crónica de un encuentro de Teatros de la Memoria

Ningún lugar propio. Todos los espacios eran de todos. En nuestra pieza dormíamos mis viejos y mis hermanos.

Hasta los doce no tuve intimidad. Los juegos eran compartidos, también los sueños…

Una vez, recorté figuras  de algunas revistas viejas y las pegué en las  paredes del baño común. Paredes pintadas de verde oscuro, pinturas al aceite que transpiraban todo el tiempo.

Cuando vi las figuras en la pared, sentí que al fin tenía un lugar. El baño del conventillo.

El conventillo, eran dos pisos comunicados por una escalera de hierro. Un patio central, con baldosas gastadas y una fila de latas con plantas de malvón.

Las habitaciones que dan al patio, albergan familias venidas de Europa, corridas por la guerra. Polacos judíos, yugoslavos, rusos.

Recuerdo que en una de las piezas de arriba, dispusieron una pequeña sinagoga, por la que desfilaban los habitantes del conventillo de la calle Alberti.

Mamá lavaba para afuera. Ropas ajenas en las fuentones de aluminio, que apoya en sus caderas, hasta llegar a las piletas del patio.

Disponemos nuestro escenario para el drama.

El espacio imaginario se despliega frente a nosotros, invitando a ser poblado por personajes, cuyo recuerdo hace temblar la voz de Nora.

–Yo corría por el patio con mi hermano y el polaquito jugando a la mancha venenosa.

Sarina, la madre del polaco grita sin parar, mientras corre por el patio, espantando las gallinas con una escoba gastada.

Ana trabaja en le vidriería que está al frente del inquilinato, yendo y viniendo a su pieza para atender a su hijo recién nacido, que deja al cuidado de cada habitante del conventillo.

En la pieza de arriba Peter trabaja artesanalmente haciendo botas para equitación, que vienen a buscar gente extraña, que se viste diferente a nosotros. Regularmente, por la mañana y por la tarde, a la misma hora, habla por teléfono con su hija, que dejó en Polonia, acercando a su oído una plantilla colgada de una soga que atraviesa su pieza.

Los personajes comienzan a circular por los espacios del conventillo y la acción se llena de ruidos, voces superpuestas, como en aquellos días después de la guerra.

Sarina trae como todas las tardes, comida y ropas desde la Amia, que oculta, con gesto desconfiad, en su habitación.

Ana atraviesa el patio con una taza de leche caliente que preparó para su hija.

De pronto los ruidos habituales cambian de sentido, las miradas de dirección.

Con su vieja escoba Sarina golpea a Ana, derramando sobre su cuerpo la leche, mientras le grita, Hitler!..Hitler!!!., desbordada por violentos movimientos.

Los vecinos se arrojan sobre ella, con gritos y forcejeos.

El polaquito apoya su brazo y la cabeza en la pared, como si estuviera jugando a las escondidas. Quizás sí, juega a las escondidas mientras llora desconsolado. La escena se ha poblado de amenazas  y los gritos tapan toda otra expresión. De pronto el silencio se impone sobre el drama.

Mientras los demás personajes están paralizados, la polaca se da vuelta sobre sí misma y mira asombrada el llanto de su hijo. Desprendida de los forcejeos e interrumpiendo sus gritos, le habla a su hijo en cerrado polaco, apoyando su brazo cerca del suyo, en la misma pared:

— Perdóname, pero estoy tan sola como vos…

-La escena se va desvaneciendo, sin transmitir más que el propio silencio, cada uno de nosotros volvemos a sentarnos en los almohadones sin intentar otro movimiento que no sea mirar en silencio a los compañeros, que también miran en silencio.

Hemos compartido una experiencia intensa, una memoria que pretende transformarse en pasado, con personajes con los que uno intentará reconciliarse, quererlos diferente pero quererlos, porque están allí, metidos en la historia de cada uno.

  (*) Teatros de la Memoria. Un Espacio de Resistencia Cultural. Crónica subjetiva de un Taller de Teatro Espontáneo.   En “Un Gallo para Esculapio” (2001).

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CRÓNICASºº LAS MUJERES DE MI GENERACIÓN. Juan cuenta su historia…

Instalado el escenario que invitaba a desplegar los teatros de la memoria, alguien se dispuso al relato de su historia. Las dos sillas vacías destinadas al director de escena y al narrador de la próxima historia se ocuparon.

La voz de Juan se eleva por sobre las cabezas de los asistentes, que sentados en el suelo, pueblan la ceremonia de “los teatros…”

–Quiero contar una historia, la historia de Leticia —dice Juan

“Éramos tres vagos de 14 años y con aparatos muy rudimentarios organizamos lo necesario, entre amplificadores y luces titilantes, para asistir a las fiestas y recaudar fondos para el viaje a Bariloche.

Leticia cumplía quince años y, con los aparatos a cuestas, llegamos a la fiesta, donde la deslumbrante reina de la noche seducía a todos con su vestido blanco que flotaba en el aire a su alrededor.

Toco un botón inoportuno y equivocado, estallan los tapones y la instalación eléctrica del salón, ahora a oscuras, es testigo de la huida de los improvisados discjockeys. Los gritos amenazantes del padre de Leticia, “el tano”, no nos permitía dudar de nuestra decisión, abandonar para siempre la insipiente actividad. Pero aquella noche y la hermosa Leticia, de nuevos 15 años, se transformaron en un recuerdo inolvidable.

Muchos años después, reencuentro a Leticia, estudiante de Medicina como yo, en una esquina, donde debíamos con gestos clandestinos, pasarnos materiales de nuestra militancia. Los encuentros se repiten y los cuerpos, entre revolucionarios y eróticos, se reiteran en diferentes esquinas de Tres Arroyos, nuestro pueblo. Entre muchas otras pasiones, los encuentros con Leticia marcaron la memoria de aquellos años. Como era de rigor, no sabíamos mucho uno del otro, solo lo necesario, cuando en uno de los encuentros el cuerpo de Leticia cambió con una pancita que anunciaba a una hija que disfrutaría del mundo nuevo que estábamos construyendo.

Un día, la espera prolongada más allá de lo soportable anunciaba que, las sombras de la ausencia, borrarían las esquinas y la imagen de Leticia caminando con su pollera corta, su pancita insipiente y la misma mirada de los quince años.

A mis historias del exilio se agregó, años después, que los padres de Leticia cuidaban a Sandra, la hija que palpitaba en ella, en nuestros últimos encuentros.

1998. Tres Arroyos y una organización de derechos humanos recuerda a sus 33 desaparecidos, plantando 33 robles en sus tierras fecundas. Allí estaba yo, mis compañeros militantes, los vagos de la fiesta de los quince, y algunos familiares de los desaparecidos de entonces.

Todavía con tierra de robles en mis manos veo llegar a la plaza, al “tano” y a la mamá de Leticia. Con lágrimas no suficientemente lloradas, corro a abrazarlos como si la historia y el tiempo se hubieran detenido.

Cuando abro los ojos apretados del abrazo, veo detrás de ellos una imagen todavía borrosa por las lágrimas. El cuerpo de Sandra se acerca a mí, como si nos conociéramos de mucho tiempo atrás, y se produjera, al fin, el encuentro clandestino que 22 años antes, jamás pudo ser.

El relato es acompañado por 50  personas que, en silencio, reconocen en sí mismas historias parecidas.

Juan elige entre los integrantes de la compañía de teatros… a Leticia, al Tano, a Sandra y a alguien que hace de él mismo y el escenario improvisado se llena de los cuerpos y sonidos del recuerdo.

La música y las luces titilantes del cumpleaños de 15, son seguidos de una huída adolescente. Al silencio de los encuentros clandestinos le suceden las imágenes de cuerpos secuestrados. Al silencio de los años del exilio los robles recién plantados. Y el cuerpo, borroso por las lágrima, de Sandra de 22 años, se continúa con la escena en la que Sandra y Juan, sentados en la plaza de los Robles hasta bien entrada la noche, completan un diálogo injustamente interrumpido, en las sombras del 76.

Cuando termina la dramatización, el cuerpo emocionado de Juan se levanta de la silla desde la que relató su pequeña historia para que, nuevamente sentados en un círculo recuperemos la palabra y hablemos de la emoción compartida.

Teatro San Martín – octubre de 2003

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CRÓNICASºº DE IMIGRANTES Y TIERRAS LEJANAS. La epopeya de Catalina.

Recorremos con nuestra imaginación, la vieja casona de la infancia. Sus habitaciones, sus pasillos, su patio. Como refugio de las tardes de invierno, tomando la leche mientras hacíamos los deberes de la escuela. De fondo, se escucha una radio cadenciosa.

 Hay una voz que llega del pasado, y que está hoy aquí para sostener mi recuerdo. A mi lado está la persona que contaba los cuentos que llenaban las noches de la infancia, aquellos que escuchamos una vez e imaginamos otras mil.  La voz familiar con la que nos dormíamos noche a noche y que me tranquilizaba cuando despertaba aterrado entre las sombras de la noche.

Acompañando este ensueño, convocamos libremente las historias de nuestra infancia, tan lejana y hoy aquí.

Los silencios son reemplazados por el relato de las historias que se suceden incesantes cuando encontramos a otros con capacidad de escucharnos,  de entendernos, de emocionarse con nuestro recuerdo y el suyo.

La voz de Susana habla de la voz de su abuela.

Su voz me remite a Sarria, cerca de Lugo, y a los tiempos maravillosos de sus relatos.

Ahora es la voz de Susana la que tiembla, como si sus manos cargaran con una finísima porcelana que arriesga romperse a cada movimiento.

Sentada en el borde de mi cama, contaba incansable, historias de su pueblo, hasta que me vencía el sueño.

Susana ahora recuerda, —Mi segundo nombre es Catalina, igual que el de ella.

Sus cuentos me paseaban desde la fantasía inalcanzable de las tardes de sol de Galicia, hasta las tragedias vividas en ella.

Antes de que continúe con su relato, le propongo a Susana que instalemos la escena de las noches con la abuela, sentada al borde de la cama, contando sus historias.

Que elija a una de sus compañeras para que ocupe el rol de sí misma, y a Susana, que despliegue el rol de la abuela Catalina

Catalina encorvada, su cuerpo pequeño al borde de la cama cuenta: – Pedro, tu abuelo, era el muchacho mas lindo del pueblo. La mirada de todas las muchachas del pueblo estaba puesta en quien se casaba conmigo. Mi felicidad era completa. La fiesta de mi casamiento comenzó al medio día. Las mesas largas, colmadas de frutas y bebidas fabricadas en mi pueblo, estaban colocadas en la pradera alejada de las casas. Todo el pueblo estaba invitado y hasta vinieron familiares que vivían en pueblos vecinos. Cuando bailaba el vals con él, extendía los brazos hacia arriba y tocaba el cielo con mis manos.

Dos años después, no quedo embarazada y la desesperación invade mi vida. No podía entender como tanta belleza solo fuera mentira.

Un día, cuando Pedro trabajaba en la cosecha, apareció mi suegro en la casa, enojado, autoritario como siempre, capaz de humillarme hasta el agotamiento. Me dijo que si no le doy un hijo a Pedro, debo dejarlo para que se case con una mujer que sea capaz de ser madre, que le dé descendencia.

Ante mi negativa, se va con un portazo mientras dic: “eres una mujer que no sirve”

Cinco días después Me voy con mi madre a la ciudad, para ver a una comadrona y que sanara mi desgracia.

La angustia de su relato nos envolvía a las dos.

Después de ese viaje tuve 5 hijos, la segunda en nacer fue tu madre y el tercero, un varón que lleva el nombre del abuelo, del padre de Pedro. Aquella visita tenebrosa nunca fue revelada por ninguno de los dos.

Abuela vino a la Argentina, con Pedro y sus 5 hijos. A los pocos años Pedro haciendo su propia casa, cae de un andamio y muere. Abuela se hace cargo de todo y termina, con extremos sacrificios, la casa para sus hijos que Pedro no había podido concluir.

La figura de mi abuela se agrandaba a nuestros ojos como una mujer capaz de “procrear” a toda una familia.

Comenzamos a trabajar la corporización dramática del relato de Catalina.

Desplegamos la escena del casamiento. Los integrantes del grupo ocupan el lugar en las mesas, que imaginamos cargadas de frutas y vinos. La música se prolonga hasta la medianoche, igual que el baile de los abuelos. Susana ocupa el lugar de Catalina, bailando de felicidad en los brazos de Pedro, su vestido vuela por el aire en cada círculo que dibujan sus pies. Son tan jóvenes y bellos cuando Catalina alza sus brazos, como intentando tocar el cielo. La música se detiene cuando las lágrimas empañan su mirada, mientras se apagan las luces de la escena.

La música de la felicidad es reemplazada por un silencio penoso, prolongado, cuando Catalina y su vestido nuevo yacen en el suelo.

Las luces se encienden con los golpes en la puerta, fuertes, amenazantes. Es su suegro que viene a reclamar por su descendencia. El diálogo está cargado de gritos y amenazas. Por momentos la sombra de ese hombre enorme oculta la figura frágil de Catalina. Su cuerpo se agiganta, amenazante de gritos y dice por fin la frase imposible.

“…eres una mujer que no sirve”. Cuando esa frase es dicha, la figura de Catalina deja ya de pelear y se derrumba. Está todavía en el piso cuando la puerta se cierra detrás de la espalda de su suegro. Se queda allí por largo rato hasta que las luces del atardecer se amortiguan.

La escena siguiente: Catalina y su madre sentadas en la parte de atrás de un carro desvencijado que las lleva a Sarria.

Las dos, llevan pañuelos en su cabeza que apenas dejan ver sus pelos renegridos.

El carro avanza despacio y a los tumbos sobre el camino de tierra. Los cuerpos silenciosos de las dos mujeres se mueven siguiendo los accidentes del camino. Sus piernas cuelgan, como expresión del cansancio de ese viaje extenuante. La tristeza de sus rostros agota el camino tortuoso. Van en busca de la esperanza que logre enderezar su vida ensombrecida.

Pedro mira tiernamente la pequeña bebé, acunada por los brazos de Catalina. La escena recupera la música perdida desde el día del casamiento. Vuelve también el baile que compartieron, ahora con una niña entre los dos.  Catalina le da la niña a Pedro y alza sus manos para tocar el cielo.

Susana, como Catalina, vuelve a ocupar el borde de la cama de su nieta. Están las dos en silencio, como si el peso de la historia hubiera caído sobre ellas.

La escena actual, aun ocupada por los personajes de la historia está en sombras. En un momento le pido que sea Susana de 6 años nuevamente. Cuando cierra los ojos las imágenes del pueblo, allá  en Sarriá, se deslizan como una película que es parte de su propia historia. Cuando Catalina envuelve con sus brazos antiguos el cuerpito temblante de Susana de 6 años y la historia de ambas es una sola.

Les pido a los integrantes del grupo, que ocuparon el lugar de los personajes de la narración de Susana, que cierren los ojos y convoquen sus propias historias, provocadas como resonancias de su memoria.

Se suceden entonces múltiples dramatizaciones que confunden sus personajes con los de la historia narrada, enriqueciéndola, transformándola, recreando nuevas escenas de múltiples sentidos.

Es hora de volver a la palabra. Cada uno comparte sus afectaciones.

Todos, de alguna forma, paseamos por los campos verdes de Sarria, todos nos dormimos, acunados por  la voz gallega de Catalina y cruzamos el océano para construir una casa para nuestros hijos.

La cara de Susana se ha transformado. Es como la cara apacible de una embarazada, cuando descansa después del esfuerzo de un parto difícil.

Ahora, lleva en su cuerpo menudo las marcas de su historia.

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Entrenamiento intensivo en teatro espontáneo en CELCIT

C.E.L.C.I.T.
Argentina

CENTRO LATINOAMERICANO
DE CREACIÓN E INVESTIGACION TEATRAL 

Cursos y talleres internacionales 2011

LOS TEATROS DE LA
MEMORIA. Entrenamiento
intensivo en teatro
espontáneo / Gustavo
Aruguete

Del Lunes 4 al Viernes 8 de julio,

     de 15 a 18.30 hs.

Para gente de teatro, docentes, coordinadores de grupos, personas que quieran desarrollar la herramienta de la espontaneidad y la creación colectiva como recurso en clases, actividades culturales, intervenciones comunitarias, de salud, educación, acciones sociales y la comunicación.

CONTENIDOS: Formar coordinadores para la producción de un acto de creación colectiva, donde el hecho dramático se nutre de los relatos de historias cotidianas, en la búsqueda de una estética de la espontaneidad. Capacitar en la exploración de los personajes de nuestro mundo interior recortando historias de nuestra memoria y transformándolas en relato dramático para ser compartidas. Proponer la creación de una dramaturgia colectiva para contar la vida. La escucha de un recorte de la memoria para construir un relato y significarlo como escena dramática. Nuestra memoria cuenta el mundo cuando convoca la memoria colectiva. Aprender a explorar el mundo subjetivo, transformándolo en diálogo de actores y personajes. Convertir el relato en producción dramática, construyendo un teatro de ideas. Tejer un entramado de historias personales a través de un acto de creac ión colectiva, en la construcción de la memoria social. En la producción de “historias para ser miradas”, se es dramaturgo, actor y testigo de sus propias historias. Se trata de recuperar los guiones perdidos entre los bastidores de la memoria. Un acto de resistencia a la cultura impuesta para ser protagonista de nuestra historia en un encuentro que es rebelión a la aceptación pasiva de modelos ajenos.

Coordinación General: GUSTAVO ARUGUETE. 

Más información I Preinscripción

Informes e inscripción: Moreno 431, Buenos Aires. Teléfono: 5411 . 4342-1026
e-mail: secretaria@celcit.org.ar . Sykpe: celcit-argentina
Horario de atención: lunes a sábados de 10 a 13; lunes a jueves de 18 a 21

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QUIÉNES SOMOS

Somos una compañía de Teatro de la Espontaneidad, que produce, desde hace 15 años, encuentros de creación colectiva con públicos diversos, en la búsqueda sistemática de recuperar el lazo social, intentar producir una subjetividad alternativa, mediante la construcción de un espacio de resistencia cultural.

 

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BIO

Teatros de la Memoria, un espacio de resistencia cultural. Diridigo por Gustavo Aruguete, Psicoanalista y Psicodramatista y Coordinador del Grupo de Experimentación Psicodramática, espacio de formación de psicodramatistas y de investigación en dramática corporal. Coordina el ciclo de Teatro Espontáneo “Remedio para Melancólicos” en 2003, en el Centro Cultural San Martín y el seminario de “Teatro Terapéutico” en el Congreso de Arteterapia, organizado por el IUNA, en 2004. El mismo año, convocado por SUTEBA, dirige la exploración dramática del seminario “Enseñar y Aprender en territorios de Pobreza”. En 2005, en el Congreso de Arte y Salud dirige el Taller “Discriminación en HIV”. Integra el Foro Latinoamericano de Teatro Espontáneo con el Taller de exploración de la Memoria Social, desde el 2005 al 2008. Presenta el Laboratorio de Teatro Espontáneo en la Universidad de Teatro de Santiago de Chile. En 2006, en el Hospital Santojanni, el ciclo: “Escenas de la vida hospitalaria”. Simultáneamente en el Centro Cultural de San Pablo (Brasil) arma el “Experiencias de sociodrama comunitario”. En Garaje Olimpo presenta “Historias de sufrimiento, resistencia y lucha”. Desarrolla la herramienta del Teatro Espontáneo para el Análisis Institucional con la “Red Puna” de Tilcara, Jujuy, en 2006. En la Universidad Popular de Madres de Plaza de Mayo, coordinó el taller de “El derecho a la Memoria” por varios años. Con teatro espontáneo despliega la exploración de la “Identidad profesional” en Musicoterapia en Facultad de Psicología (UBA).

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APROXIMACIONES AL DISPOSITIVO DE LOS TEATROS DE LA MEMORIA.

Por Gustavo Aruguete

“…ser feliz significa descubrirse a sí mismo sin temor…”

(Walter Benjamín.)

En el principio era la escena…

Austria en 1921. Un joven psiquiatra, nacido en un barco de bandera rumana, hace Teatro en las calles de Viena. Sus actores son la gente común. La escenografía es la calle. Sus personajes son las prostitutas, los desocupados, ladrones y desertores de una guerra cercana. Sus dramas son los surgidos en un mundo convulsionado, atrapado entre dos guerras mundiales, asolado por el hambre y la desesperación.

Una noche de abril, Jacob Levy Moreno, sin una obra escrita previamente, sin actores profesionales, sin ser él mismo director de teatro, escuchó el drama callejero en las voces de la gente que colmaba ese teatro de Viena. Gente que, por una noche, se convirtió en protagonista de su propia historia transformando sus dramas cotidianos en argumentos para la ficción.

Esa noche, el público era su elenco y sus espectadores, los actores y dramaturgos.

Si el drama recogía sus contenidos en los acontecimientos sociales, los héroes y villanos serían los andrajosos y sufrientes de las calles de Viena.

 NUESTRO TRABAJO se sitúa hoy en la encrucijada entre la producción estética, la cura y lo micropolítico social, sostenida en un dispositivo que, bajo el nombre de “Los Teatros de la Memoria”, transformamos en herramienta de trabajo y experimentación y signó nuestro proyecto en los últimos 20 años.

Definida en un comienzo como dispositivo de abordaje en intervenciones comunitarias, fue sorprendiéndonos por su capacidad terapéutica, en el tratamiento de grupos amplios y en la posibilidad de desarrollo de una estética particular, la de la espontaneidad.

El Teatro Espontáneo delineado por J. L. Moreno, está en su origen, redefinido luego por nosotros como la propuesta de “Encuentro de un grupo para la creación de un acto teatral de producción colectiva y participativa”, devino en un intento de rescatar historias subjetivas y sociales para transformarlas en pequeños actos de creatividad.

El dispositivo es el de una función teatral sostenida en los relatos de la gente, actuada, compartida y reflexionada por el público mismo.

En la propuesta, narrar historias es un intento de reconstruir el pasado para encontrar significados al presente y proyectarse al futuro.

La necesidad de ligarse a otro, el deseo de pertenecer a un conjunto y la búsqueda de apuntalamiento grupal, son las condiciones que hacen posible el encuentro.

Su efecto terapéutico  está definido por su “meta de transformación”, al proponerse como un dispositivo de articulación de la subjetividad con lo social. El sentido de la cura, será  el reposicionamiento del hombre en su mundo, para producir acontecimientos, instalar el deseo y concretarlo en el horizonte de lo posible.

El acontecimiento estético es producto del “momento” creativo, sin la planificación y los ensayos propios de la producción de una puesta teatral tradicional.

Porque, a diferencia de ésta, en los Teatros de la Memoria el drama se nutre de los relatos espontáneos del público, al que transforma en actores de sus historias, músicos de sus sonidos, directores de sus propios conflictos.

La implicancia emocional en actores y público, en dramaturgo y director, en músico y escenógrafo  los convierte en nudos comprometidos de una misma trama.

Desde el relato de la historia hasta su representación vamos construyendo, casi artesanalmente, aquello que dimos en llamar “historias para ser miradas”.

 Comienzan a surgir preguntas que se transforman en guías de nuestro trabajo.

Cual son los procesos subjetivos que se produce en actores, narradores, público que participa de un encuentro donde la memoria se hace relato y este deviene acción teatral? Porque se produce un cambio en el posicionamiento subjetivo de sus protagonistas?

Entendimos que esta inquietud no buscaba responderse sino que se abría a otras. Que cada pregunta establecía una red de significaciones que iba confiriendo a nuestras funciones abiertas de teatro un sentido diferente.

Esta interrogación se me imponía luego de cada encuentro, cuando los ecos de los relatos y las escenas que espontáneamente se configuraban, nos obligaban a tomar notas de lo producido y de los efectos dados en el orden simbólico.

La mayoría de esas notas se estructuran todavía como temáticas en desarrollo, como un trabajo de pensamiento en proceso, como inquietudes que sostienen un proyecto y de un proyecto que produce otras inquietudes.

Mayo de 2009

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